Génesis – Abraham, un llamado a la fe

En la lección anterior encontramos en Noé a un hombre con una obediencia a Dios fuera de lo común.

Ahora nos tocará conocer más de cerca la historia de uno de los hombres más famosos de la Biblia: Abraham. Abraham es conocido como el padre de la fe y es con él que Dios empieza a trabajar de manera especial para formar un pueblo santo, el pueblo de Israel.

Un llamado a dejarlo todo

Siendo Abraham de setenta y cinco años Dios le pide que salga del país donde vive, se aleje de sus parientes y se vaya a vivir a otro país (Génesis 12:1). Esta primera prueba de fe no puede menospreciarse en ningún sentido, ya que Abraham ya tenía una vida echa en Ur de los caldeos (Génesis 12:28), siendo que era un hombre ganadero probablemente poseía terrenos y propiedades en los que vivía cómodamente con su familia (Génesis 13:2), por lo que tomar la decisión de convertirse en nómada y vivir en tiendas no ha de haber sido fácil (Hebreos 11:9).

La pregunta que debemos hacernos nosotros es ¿cuán arraigados estamos a las cosas materiales? Hay personas que no se dan cuenta de eso hasta que las pierden, por ejemplo, cuando pierden una casa o un auto. Pero tenemos que recordar que todo lo que hay en este mundo se daña y se acaba y que las verdaderas riquezas son las celestiales (Mateo 6:19-20). Jesús enseñó que no debemos afanarnos (abrumarnos, preocuparnos) por las cosas de este mundo (Mateo 6:25-34). Pero sucede que por estar tan aferrados a las cosas materiales sufrimos gran dolor cuando las perdemos o cuando no podemos obtener lo que queremos. Es aquí donde tenemos que aprender que Dios en nuestra vida es nuestra mayor posesión y que Dios nunca nos va a abandonar. Adelantándonos un poco a la historia bíblica, viene a la mente aquella ocasión en que se está repartiendo la tierra que le fue prometida a Abraham a cada una de las doce tribus de Israel, pero curiosamente hubo una tribu que no heredó tierras, sino que su herencia era Dios mismo: la tribu de Leví (Deuteronomio 18:2). Los levitas fueron elegidos para el sacerdocio y de la misma manera, hoy en Cristo hemos sido elegidos para ser ese real sacerdocio del Señor (I Pedro 2:9) cuya mayor herencia es su Espíritu, su gracia y su poder (II Corintios 1:22; II Timoteo 1:7; 2:9; I Juan 3:24).

Para terminar este punto escuchemos las palabras de nuestro Señor:

«Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna.» Marcos 10:29-30

Un llamado a la santidad

En Génesis trece Abraham tiene que tomar otra difícil decisión y fue la de separarse de su sobrino Lot, ya que su compañía estaba provocando ciertos conflictos y eso le estaba impidiendo cumplir los propósitos para los que Dios lo llamó (Génesis 13:5-12). Esto nos pone a pensar en que nuestra relación con Dios es mucho más importante que nuestra relación con nuestros familiares y amigos. Con esto no queremos decir que la familia será siempre un obstáculo en nuestra relación con Dios, pero si por causa de nuestra familia dejamos de servir a Dios o de escoger lo correcto hay momentos en que debemos tomar acciones. Lamentablemente muchas personas viven tan atados a sus lazos familiares y de amistad que prefieren vivir su vida cristiana a medias.

Esto no hay que llevarlo tampoco al otro extremo, pues hay ciertos lazos que no debemos romper, como el matrimonio (Mateo 19:5-6), nuestros padres (Proverbios 23:22) y nuestro propio hogar (I Timoteo 5:8). Abraham entendió muy bien esto, pues aunque su esposa Sara era estéril, nunca le dio carta de divorcio, pensando en buscar una mujer que sí le diera hijos.

Volviendo al punto, no hay nada más reconfortante que haber tomado la decisión correcta y recibir de Dios la bendición:

«Y Jehová dijo a Abram, después que Lot se apartó de él: Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y al occidente. Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre.» Génesis 13:14-15

Un llamado a ser líder espiritual

En el capítulo catorce de Génesis ocurre una guerra entre varios reinos y los vencedores se llevaron cautivo a Lot y su familia (Génesis 14:12), pero hubo un hombre que escapó y le dio aviso a Abraham, quien entonces comanda una cruzada para salvar a su sobrino. Pero no fue solo, sino que tres líderes amorreos con gente a cargo lo apoyaron en esta incursión (Génesis 14:24).

De la misma forma, sea donde sea que estemos: en nuestro lugar de trabajo, lugar de estudio o en nuestro propio vecindario, debemos velar por cultivar sanas relaciones con los que nos rodean y mantener siempre un testimonio intachable delante de Dios y delante de los hombres (Romanos 12:17-18).

Es interesante notar también que Abraham no se avergonzó de declarar su fe en el Dios verdadero aun delante de un rey pagano como el de Sodoma (Génesis 14:22) y también lo vemos entregar los diezmos a Melquisedec, sacerdote de Dios (Génesis 14:18-20).

Un llamado a creer en lo imposible

Esta lección en especial fue difícil de asimilar para Abraham. Teniendo ya más de ochenta años y siendo su esposa estéril Dios le promete un hijo (Génesis 15:4). Abraham siempre creyó en el cumplimiento de esa promesa (Génesis 15:6), pero no exactamente de la forma milagrosa en que Dios se manifestó. Por ejemplo, a los ochenta y cinco años, él, junto con su esposa, quisieron tomar cartas en el asunto para forzar el cumplimiento de la promesa de Dios (Génesis 16:1-4). Es así que Abraham consiente en tomar a una esclava por mujer y de esa unión nace Ismael, de quien descienden los árabes, con quienes los judíos hasta hoy siguen teniendo conflictos. Una mala decisión de Abraham que trajo consecuencias negativas a su familia y al mundo entero.

Esto nos debe enseñar que tenemos que aprender a esperar el tiempo de Dios y que muchas veces Él actuará de formas que ni siquiera imaginamos. Lo importante que debemos recordar es que Él siempre cumple lo que promete. Él prometió que enviaría un Salvador y lo hizo, prometió que moriría por nosotros y lo hizo, prometió que resucitaría y lo hizo, prometió que volverá y lo hará. Ya han pasado más de dos mil años desde su primera venida y no podemos dudar de su Palabra.

Teniendo Abraham noventa y nueve años aun seguía pensando que su descendencia vendría de Ismael (Génesis 17:1,17,18). Aquí hay que tomar en cuenta que Sara es la primera mujer estéril que se menciona en la Biblia (Génesis 11:30) y que hasta ese momento nunca nadie ha escuchado que Dios le conceda hijos a una mujer en esta condición. Sumado a lo anterior, desde el nacimiento de Ismael, Abraham y Sara tuvieron que esperar quince años para ver cumplida la promesa de Dios de esta manera sobrenatural con Isaac (Génesis 21:5).

Es por lo anterior que es muy interesante la forma en que el apóstol Pablo describe la fe de Abraham:

«El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; por lo cual también su fe le fue contada por justicia.» Romanos 4:18-22

Un llamado a entregarlo todo

En Génesis veintidós Dios le pide a Abraham lo que a ningún otro en toda la historia. Dios le pide que sacrifique a su hijo Isaac. Sí, a ese hijo por el cual esperó tantos años, a ese hijo que se concibió de manera milagrosa en el vientre de su anciana y estéril esposa. Ese único hijo por el cual Dios había prometido una descendencia como las arenas del mar y las estrellas del cielo (Génesis 17:16, 19).

Lo que Dios le pidió a este hombre sorprende en gran manera, pero sorprende aún más la fe, la obediencia y la respuesta de Abraham a esta orden del Ser Supremo. Dice la Biblia que Abraham se levantó «muy de mañana» (Génesis 22:3) para hacer la voluntad de su Creador. No pidió pruebas como Gedeón (Jueces 6), no se enojó como Caín (Génesis 4), no rasgó sus vestiduras en señal de dolor como Jefté (Jueces 11), no puso excusas como Moisés (Éxodo 4), no perdió tiempo ni se fue para otra parte como Jonás (Jonás 1:3), no negoció los términos de su pena como Ezequiel (Ezequiel 4) y al llevar a cabo la encomienda no omitió ningún detalle como sí lo hizo Saúl (I Samuel 15).

Abraham estuvo dispuesto a llegar a las últimas consecuencias para agradar a Dios antes que a sí mismo y aun antes que a sus seres queridos. Afortunadamente la historia tiene un final feliz, pues Dios provee a un carnero como sustituto en lugar de Isaac. Así como también muchos años después el Hijo de Dios vendría a ser el sustituto perfecto en lugar nuestro. Lo que Dios le pidió a Abraham al final no lo tuvo que hacer, pero Dios sí lo hizo por todos nosotros, dice la Biblia en Juan 3:16:

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.»

Dios nos amó tanto que dio todo lo que tenía (Romanos 5:8), a su único Hijo amado (Mateo 3:17), por todos nosotros, ahora a nosotros nos toca entregarle toda nuestra vida a Él quien lo dio todo por nosotros.

Estimado lector, esperamos que usted esté enriqueciendo su estudio bíblico leyendo todo el libro de Génesis y también cada una de las citas bíblicas que vienen en cada lección.

Para finalizar con esta lección, sobre este gran personaje llamado Abraham, recordemos lo que está escrito en el libro de Hebreos:

«Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito, habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia; pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir.» Hebreos 11:17-19

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