Significado de las siete palabras de Cristo en la cruz

Cita bíblica: Mateo 27:46; Lucas 23:34,43, 46; Juan 19:26, 28
«Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes.
Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.
Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.
Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese:Tengo sed.
Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró.»

Las siete palabras de Cristo en la cruz


La crucifixión de Cristo, su pasión, su entrega y su sacrificio, han sido motivo de muchísima literatura, pero también de la fe de millones de personas por todo el mundo y a través de todas las edades. El tiempo pues no nos bastaría para hablar de su sufrimiento, su angustia y flagelación. Pero queremos hoy hacer un alto para escuchar las palabras que Cristo dijo durante ese lapso de más de tres horas suspendido entre el cielo y la tierra, evidenciando aún más que Él y sólo Él es el único camino, el único puente, la única puerta de acceso al Padre Celestial (Juan 14:6; Hechos 4:12; I Timoteo 2:5). Palabras cuyo eco trasciende el tiempo y las edades y que haremos bien en prestar atención. Palabras que Jesús pudo pronunciar en total control de su mente, en sus cinco sentidos a pesar de la enorme carga de nuestros pecados puestos sobre Él. Incluso la bebida narcótica que se acostumbraba dar a los crucificados fue rechazada por el maestro, quien prefirió estar plenamente consciente por amor a nosotros (Mateo 27:34), pero también para enseñarnos algo importante con sus últimas horas antes de morir.

Tres palabras por el bien de los demás

Por sus enemigos

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” El odio y la maldad de aquellos hombres que se ensañaron contra él y que se esforzaron al máximo para hacerle sentir el peor dolor y el más grande sufrimiento jamás hubiera esperado tan hermosas palabras de perdón de parte de su víctima.

Esto nos grita el gran amor de nuestro Dios y su infinita capacidad de perdonar. Si el mismo Hijo de Dios suplicó al Padre por perdón para sus verdugos, para aquellos que le injuriaban y le insultaban, para aquellos que le expusieron públicamente desnudo para avergonzarle, para aquellos que le humillaron hasta lo sumo siendo el mismo Dios y Creador de todas las cosas, no nos queda ninguna duda de que Dios nos puede perdonar de cualquier cosa en que fallemos o en que le hayamos fallado en el pasado. No nos queda duda de que no hay persona tan pecadora que no pueda ser perdonada por la sangre preciosa de nuestro Señor. Su amor y su perdón definitivamente no tienen límites.

Estas palabras de Cristo hacen un gran contraste con la forma en que los religiosos, e incluso los hombres de Dios, se referían a sus enemigos en la época del Antiguo Testamento. Escritores como el rey David y Jeremías, suplicaban por el castigo de Dios sobre sus enemigos (Sal. 56:7; Lm. 3:66). Por el contrario, Cristo predicó en el gran sermón del monte lo siguiente: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;” Mt. 5:44. Es realmente admirable que Cristo no sólo predicó estas palabras, no sólo las pronunció en un lindo sermón, sino que las llevó a la práctica y enseñó con el ejemplo. Con esto demostró que sus enseñanzas eran mucho más que palabras, sino más bien un nuevo estilo de vida para los que creyeran en Él.

Al decir “porque no saben lo que hacen” se refiere a la forma involuntaria bajo la cual todos hemos pecado. Las personas que no tienen a Cristo como Salvador personal pecan y ni siquiera saben lo mucho que están ofendiendo a Dios. Cristo dijo que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado y que como hijos del diablo, los deseos de su padre quieren hacer. Como está escrito en la ley levítica: “…el sacerdote le hará expiación por el yerro que cometió por ignorancia, y será perdonado” Lv. 5:18; Cristo es ese sumo Sacerdote en el cual hemos sido expiados y perdonados. El apóstol Pedro reafirmó esto en su discurso en el pórtico de Salomón, cuando al referirse a la culpabilidad del pueblo de Israel dijo: “Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes” Hechos 3:17

Por sus amigos

“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”
Cristo le dirige estas palabras a uno de los dos malhechores que estaban siendo crucificados junto a Él. Antes de esto, este malhechor había reconocido su pecado y su justo castigo, a la vez que reconoció la inocencia del hijo de Dios. Y no sólo eso, sino que reconoció en Jesús al Mesías al decirle: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” Lc. 23:42. Este es un cuadro perfecto de la forma en que cada persona obtiene la salvación. La única forma de ser salvo es reconocer que somos pecadores (como lo hizo el ladrón) y confesar a Cristo como el Mesías y Salvador del mundo, recibirle y participar de su crucifixión. Como dijo el apóstol Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” Gálatas 2:20
Es claro que Cristo pudo ver el arrepentimiento sincero de este hombre pecador que estaba sufriendo el castigo por su pecado. También es interesante notar que incluso en medio de la agonía, este hombre pudo encontrar al Salvador, arrepentirse de sus pecados y asegurarse un lugar en el paraíso. Esto nos enseña que cualquier persona puede arrepentirse en cualquier momento e incluso al borde de la muerte puede hallar perdón en Dios.

Por sus parientes

“Mujer, he ahí tu hijo” “He ahí tu madre” Nuestro Señor, a pesar de estar en gran agonía y tormento, se tomó el tiempo para dejar en orden sus asuntos familiares. Recordemos que según la historia es muy probable que José haya muerto varios años antes, por lo tanto María estaba en viudez y las viudas eran personas realmente pobres en esa época. De hecho, la viudez era una figura de tristeza, amargura y desolación en el pueblo de Israel (Rt. 1:20; Lm. 1:1; Lc. 21:2). Esto nos enseña que a pesar del ministerio al cual Dios nos ha llamado, a pesar de nuestras responsabilidades en la obra de Dios, no debemos nunca abandonar a nuestra familia y en especial a nuestros padres, pues la Biblia dice: “Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa” Ef. 6:2

Tres palabras por su propio bien

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

Es así que estando el mundo entero en oscuridad desde hacía tres horas, Jesús clama con estas palabras escritas cientos de años antes por el rey David (Sal. 22:1). Hemos de decir que Cristo ya había profetizado este momento cuando dijo: “esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas” Lc. 22:53 De esta manera, Dios mismo abandonó a su Hijo durante su calvario y permitió que su Hijo sufriera todo tipo de tormentos sin consuelo alguno por amor a nosotros, “porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito” Jn. 3:16. A todos sus tormentos se añadiría este: estar en completa separación de su Padre Celestial, este es un gran misterio, pues la Trinidad, por decirlo de alguna manera, no estuvo unida en este momento. Fue esta separación momentánea una muerte adicional que sufrió nuestro Salvador por amor a nosotros, no en vano Cristo había clamado en el huerto de Getsemaní: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” Mt. 26:39.

“Tengo sed”

Esta palabra Cristo la pronunció para que se cumpliera la escritura de que en su sed le dieran a beber vinagre (Sal. 69:21). Una muestra más de su legitimidad como Mesías al cumplir con las profecías así como nos muestra su legítimo sufrimiento soportado hasta la muerte.
Y para empeorar su sufrimiento, estando en gran tormento, le dieron a beber vinagre, una bebida amarga que aumenta el dolor y acelera la muerte del crucificado. Cristo sabía que estando en abandono de su Padre y en manos de la potestad de las tinieblas no hallaría misericordia ni alivio al pronunciar estas palabras, sino al contrario, mayor sufrimiento, pero su obediencia al Padre llegó al extremo de pronunciar: “Tengo sed”. El apóstol Pablo lo expresa de la siguiente manera en Filipenses 2:8 «y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.«

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”

Una vez más el Hijo de Dios está citando las escrituras (Salmo 31:5). Desde su infancia (Lucas 2:46-49), cuando venció a Satanás en el desierto (Mateo 4:1-11), durante su ministerio (Juan 5:39) y hasta el último momento de su vida, la Palabra de Dios estuvo en su boca.

El autor del libro de Hebreos se refiere a este momento de súplica del Hijo de Dios de la siguiente manera: “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente” He. 5:7. Cristo, el Hijo de Dios, concluyó con toda la obra que su Padre le había encomendado y encomendó su espíritu a Dios. Nuevamente, podemos citar palabras que Cristo dijo durante su ministerio y que plasmó en su agonía en la cruz: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” Mt. 10:28

    Una palabra para todo el mundo

    “Consumado es”

    Cristo, durante su vida y ministerio terrenal, cumplió más de trescientas profecías del Antiguo Testamento, confirmando así la Palabra de Dios y autenticándose como el verdadero Mesías esperado por la humanidad.
    El sacrificio fue consumado, porque sin derramamiento de sangre no se hace remisión (He. 9:22) y Cristo la derramó en sacrificio por todos nosotros. Y su sacrificio es eterno y válido para todos aquellos creyentes que vivieron desde el principio del mundo (Ap. 13:8). Todas aquellas personas antes de Cristo, que murieron creyendo en el verdadero Cordero de Dios que quitaría el pecado del mundo, estarán en el cielo por esa fe en el sacrificio que a futuro realizaría el Cordero de Dios. Asimismo aquellos que hemos creído en Él después de su muerte seremos salvos de la ira venidera por nuestra fe en su sacrificio.
    Así que de la forma en que los sacrificios de corderos se hacían antes de Cristo, Cristo, como Sumo Sacerdote y víctima a la vez, ofreció el más excelente sacrificio hasta consumarlo. Sacrificio que fue voluntario y de olor grato delante de Dios para el perdón de nuestros pecados (Ef. 5:2).
    La palabra “consumado” es la misma que se traduce “cancelado”, dándonos a entender que Cristo pagó con creces la deuda de todos nosotros ante Dios. La muerte y el tormento que todos merecíamos, Cristo los sufrió en nuestro lugar, Él pagó el precio y nos toca a nosotros aceptar el regalo de Dios de vida eterna en su Hijo, porque Cristo pagó la deuda total por nuestros pecados y los de todo el mundo (I Jn. 2:2).

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